miércoles, 26 de agosto de 2015

¿Y el anillo?

Rafaela tiene cuatro años, pero a veces parece de quince. A menudo sorprende a su padre  -conservador a ultranza- con comentarios de niña grande: «Ese chico está para comérselo con papas fritas, papito», le dijo una vez jugando a orillas del mar. Él casi se desmaya.

El papá de Rafaela y yo nos conocemos desde que ambos estábamos en el nido, así que tengo la confianza  suficiente para disfrutar de su cara –verde de los celos– al imaginar a su bebé pensando en otro que no sea él. Pero una vez fui yo el blanco de su curiosidad.

Estábamos reunidos con nuestros hijos en la casa de una común amiga. Los hombres hacían una parrilla y las mujeres con los niños. Rafaela comenzó a bombardearme con preguntas:
–¿Tía, cuántos años tiene Fabio?
–Dos, hijita.
–¿Y va a tener hermanitos?
–Aún no sé, de repente.
Luego me miró la mano y preguntó:
–Y tu anillo, tía, ¿dónde está?
Le enseñé el que tenía puesto: uno grande de plata pero refutó:
–Ese no, el anillo... ¿o está en tu casa guardado?
Entonces entendí que buscaba al anillo de compromiso o de matrimonio y me quedé muda.





jueves, 20 de agosto de 2015

La Tere

Eran casi las siete de la mañana cuando un arco iris -en todo el sentido de la palabra- entró al set. Era La Teresita con una propuesta divertida para los niños. Sólo estará cuatro fechas en el Canout.


martes, 18 de agosto de 2015

¿Teta o no teta?

Fabio tenía quince días de nacido cuando afrontó su primer problema médico. Un puntito rojo que le había aparecido en el poto a los dos días de nacido, se había convertido en llagas sangrantes.
Todos los pediatras a los que consultamos pensaban que se trataba de una escaldadura fuerte y nos recetaron todas las cremas dermatológicas disponibles. Incluso nos recomendaron ponerlo boca abajo, sin pañal y bajo un foco alumbrándolo para secar las heridas.

Se me caían las lágrimas cada vez que lo cambiaba y limpiaba con algodón –dejé de usar pañitos húmedos– y se llenaba de sangre. Tenía muchos gases y, aunque los análisis no arrojaban nada inusual, yo notaba en su pañal que algo andaba mal. Lo llevamos a una dermatóloga especialista en niños. Me dieron cita para tres meses después, pero luego de llorarle a la secretaria porque mi hijo no aguantaba más, nos citaron para el día siguiente.

jueves, 13 de agosto de 2015

Una hermana como la mía

Mi departamento de soltera está quedando chico para una familia de tres. Así que cuando sale sol, Fabio y yo salimos volando al parque, como pollitos en fuga para aprovechar los días tibios de este invierno raro de Lima. Lo que más le gusta es jugar a las ‘subiditas y bajaditas’. Agarra su carrito rojo, busca las rampas y se lanza alzando los pies. Ese entretenimiento dura hasta que el juguete de otro niño capta su atención. Yo procuro estar a cierta distancia -ni muy cerca ni muy lejos- para ver cómo actúa e interactúa sin tener a mamita al lado.

Un día estuvo parado largo rato frente a dos niñas. Estaba casi inmóvil, observándolas. Me acerqué despacio. Una tendría siete años y la otra cuatro. La mayor resondraba a la menor porque invadía su espacio. La otra lloraba y trataba de acercársele. La más grande empezó a correr con su muñeca en la mano y la más pequeña la perseguía.

Fabio y yo estábamos sentados en medio del parque mirando la escena. Definitivamente eran dos hermanas. Agarré mi celular y le mandé un WhatsApp a Sofía recordando nuestra infancia. Nos dio ataque de risa y nostalgia.

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